domingo, 14 de septiembre de 2008

No fui a Bolivia...

...pero le pregunté a mi verdulera qué opinaba de Evo. La señora me miró, tratando de identificar por qué le estaba haciendo esa pregunta, me imagino que poco frecuente en este barrio de gorilas caceroleros. Cuando vio por dónde venía mi pregunta se fue soltando y me contó que en su tierra natal el "Presidente" le iba a dar a los viejitos una jubilación, y que había dispuesto que los mayores de 60 y menores de 15 años no pagaran para su atención en los hospitales, que no era como acá, su país desde hace 20 años. Y que "esos políticos" (los cívicos) eran unos egoístas que no pensaban en los ancianos. Simple, claro como el agua, como la propaganda del MAS (de allá). Uno se queda pensando en que hubo una Revolución así en Argentina, hace muchas décadas. Y un Perón y una Eva que viven en la memoria colectiva por cosas así. Sin dudas, Evo pasará a la Historia de su pueblo.

Una pequeña recomendación: lean "Jefazo", de Martín Sivak. Si lo consiguen, también "El asesinato de Juan José Torres", del mismo autor (Ediciones del Pensamiento Nacional-Colihue, 1998). Imprescindibles para entender un poquito más.

El mundo queda tan cerca

En una tira de Mafalda, Susanita leía los títulos del diario: aludían a la guerra de Vietnam, a enfrentamientos en África, a cruces entre la URSS y EEUU en las Naciones Unidas. Entonces Susanita dejaba caer el diario al piso, se desperezaba sobre su sillita y decía "Por suerte, el mundo queda tan, tan lejos".

“Si no actuamos ahora, dentro de treinta años podemos estar viendo documentales como los que vemos ahora sobre la caída de Salvador Allende”. Esas, dice el diario, han sido las palabras de Cristina Kirchner a su par chilena para convencerla de la necesidad de reunir a la UNASUR para respaldar al gobierno de Evo Morales. En los últimos años, hemos tenido el privilegio histórico de asistir a la conformación de un bloque regional sin antecedentes en Sudamérica. A su manera, cada uno de los líderes de este bloque tienen algo que los diferencia profundamente de sus antecesores: los gobiernos de Evo y Chávez representan la entrada en el Estado de sectores que nunca habían tenido acceso a él, Lugo y Correa sostienen ideas y modos de hacer política inéditos en sus países, los Kirchner han sabido reconfigurar la escena política después del ciclo de desguace del Estado comenzado por la dictadura del 76 y estallado en el 2001, y Lula simboliza una serie de cosas imposíbles de sintetizar en una frase. "Para los pobres en Brasil, si no es Lula no es nadie" me dice Vincent Vega, que conoce el paño.

Pero por muchos años, esto no fue así. Los intereses regionales se reducían a cuestiones bilaterales. Para la militancia, existía Cuba. América del Sur era algo intermitente, que aparecía en la discusión política cuando pasaba algo particularmente dramático. Las declaraciones de la militancia respecto de los sucesos en el exterior solían ser cosa de los troscos, y siempre con ese particular internacionalismo que los lleva a sentirse más identificados con un obrero francés o un estudiante de Praga que con un laburante latinoamericano. Hasta que apareció Chávez, de quien sabíamos muy poco al principio. Los medios de comunicación lo presentaban como un émulo de los carapintadas argentinos. Medida por medida, Chávez empezó a sorprendernos. Lula era candidato a presidente, una y otra vez, y perdía con neoliberales como Collor de Mello o con ilustres académicos integrados al establishment como Fernando Henrique Cardoso. En Ecuador había personajes como Bucaram y en Bolivia Estados Unidos elegía los integrantes del gabinete. Después del 2001, cuando el mundo tal como lo conocíamos dejó de existir, la región empezó a tomar un color político similar. En diciembre del año pasado, aún sin Lugo, escuché los discursos de los presidentes que habían venido afirmar el acta de fundación del Banco de Sur. Las intervenciones daban cuenta de que esta vez, los líderes están a la altura de lo que representan. Y aunque "el capitalismo foráneo y sus sirvientes oligárquicos" intenten hacernos caer pieza por pieza, esta vez podemos responder desde el todo. Sudamérica se recupera desde la totalidad, y eso hace que, por suerte, el mundo quede tan, tan cerca.


domingo, 31 de agosto de 2008

Lago en el cielo





No encuentro dónde sentarme. La lancha que nos va a cruzar a la otra orilla está llena. Mis compañeras se acomodan en el piso. Pero yo quiero ver hacia afuera. Son las ocho de la noche y sólo distinguimos algo por las luces del embarcadero.


¿Quieres sentarte?


Cerca del motor queda un espacio. El chico me hace lugar. Me pregunta si soy argentina, asiento y él responde satisfecho: lo suponía. Es suizo, pero habla bien español, con una mezcla de acentos que resultan en una tonada caribeña. Mientras el suizo me cuenta de su vida, contemplo la noche estrellada sobre el Titicaca. Estamos navegando el lago más alto del mundo, a 3800 metros sobre el nivel del mar. El micro que nos lleva de Copacabana a La Paz cruza en otra lancha, porque en ese tramo no se puede ir por carretera. Busco la Cruz del Sur y Alfa y Beta Centaurii, que son las estrellas que miro todas las noches desde mi ventana. Las encuentro, y entonces me doy cuenta de cuánto ha cambiado mi perspectiva de allá a acá. Las sensaciones, las ideas y las imágenes de la gente que he visto se mezclan en mi cabeza. Tal vez sea la ansiedad de la víspera: mañana es domingo y se hace por fin el referéndum, el evento que nos ha decidido a a hacer este viaje. Hoy en Copacabana nos encontramos con una nena de nueve o diez años repartiendo volantes por el sí a Evo. Jessica es su nombre y cuando le pido uno me lo entrega y proclama: "¡Si no es Evo no es nadie, por el bono Juancito Pinto!". El bono Juancito Pinto es una ayuda escolar de 200 bolivianos para los chicos que cursan de 1ro a 5to grado, y fue creado con fondos provenientes de la nacionalización de hidrocarburos. Jessica como Iblis, que ahora va a poder tener una pensión, y como tantos otros bolivianos que conocimos en este viaje, está experimentando por primera vez algo que hasta ahora desconocía: la justicia social. Eso que nos resulta tan díficil de hacer entender a los socialdemócratas europeos, a los que todavía sostienen que Perón era un demagogo, a los que hablan con desprecio de los nuevos gobiernos populistas de América Latina. La justicia social lleva al pueblo a un lugar nuevo y nos deja con esa sensación indescriptible de sentir algo que nunca habíamos sentido, y que está tan lejos de la dádiva como de cualquier otra acción que subestime al que la recibe. Toda esta gente sabe lo que defiende y por qué lo defiende, y lo más importante es que sabe que tiene que defenderlo. Por eso pintan paredes, reparten volantes, organizan a los demás para que no se equivoquen al llenar la papeleta del voto y fiscalizan y lo dicen en alta voz: si no es Evo no es nadie. Porque, como decía un afiche que vi en el vidrio trasero de un taxi:

martes, 26 de agosto de 2008

Viaje al centro de la Tierra


Arriba es abajo. A 4300 metros sobre el nivel del mar están las minas del Cerro Rico. Para los turistas que recorremos la mina como parte de las atracciones turísticas de Potosí, eso es estar arriba. Nos ponemos el pantalón de minero, las botas de minero y el casco de minero, con su batería y su lucecita adelante. Pero no somos mineros. Aunque por un par de horas nos agachemos para caminar (los techos son bajos) y respiremos el mismo aire polvoriento, aunque miremos desconfiados las vetas de materia tóxica que asoman en las profundidades, aunque pasemos de los 0 grados centígrados de la puerta a los 40 que nos aplastan a 250 metros de profundidad. Soportamos eso porque sabemos que se va a terminar un rato. Que pronto vamos a emerger de este socavón y nos sacaremos fotos sonriendo felices, respirando aliviadas como si bajáramos del Apolo 13.

El chico de la foto, en cambio, se va a quedar abajo. Se va a quedar con sus quince años empujando un carro con escombros o manejando las herramientas de aire comprimido con las que excavan. Cada tanto le va a dar algo de coca o cigarros o cerveza al tío de la mina, esa representación mezcla de diablo con español, para que lo deje trabajar tranquilo y no se lo lleve en un derrumbe o una silicosis. Y cuando pase un grupo de turistas como nosotras, creídas de que somos Indiana Jones porque nos arrastramos una veintena de metros por algún pasadizo estrecho, les va a sonreír amable y les va a preguntar si tienen coca o refresco para convidarle.

Antes de entrar en la mina se me dio por canturrear una canción que se escuchaba en casa cuando era chica.

Los señores de la mina

se han comprado una romana

para pesar el dinero

que toditas las semanas

le roban al pobre obrero.


En Cerro Rico ya no hay grandes empresas sino emprendimientos que llaman cooperativas. En realidad se trata de sociedades en las que una o dos personas registran la veta e incorporan trabajadores asociados y contratados. Nuestra guía nos cuenta de las dificultades del gobierno para intervenir en las condiciones de trabajo. Nuestra guía se llama Iblis y, lo descubriremos acá adentro, es Evista. Nos dice que este gobierno no es corrupto, que ayuda a la gente pobre, que invierte en educación y en carreteras, que ahora todos pueden tener una pensión. Los de Santa Cruz y las provincias ricas no quieren porque dicen que es gente que no trabajó nunca. "Pero yo trabajé toda mi vida en empresas privadas que cuando me tenían que dar un seguro me echaban. Trabajaba dos, tres años y después me echaban para no aportarme a la pensión. Ellos, los del Oriente, son racistas. No quieren ver una chola, una mujer con la pollera y el sombrero. Indios nos llaman. No quieren al indio".

Arriba es abajo. Mientras nos alejamos de la mina suena en mi cabeza el resto de la canción.

Cuando querrá el Dios del cielo

que la tortilla se vuelva.

Que la tortilla se vuelva

que los pobres coman pan

y los ricos mierda, mierda.

sábado, 23 de agosto de 2008

El chico de la tapa

Este pibe no sabe nada. Cuando recién ingresaba a la facultad, fui a una charla organizada por unos compañeros de Derecho. Elías Neuman dijo aquella vez que los que suelen caer presos son los que portan cara, es decir los que no saben afanar. Porque los que saben muy rara vez caen. Y este no sabe. Supo usar el factor sorpresa, porque yo iba en babia escuhando música y no esperaba que me acorralaran a veinte metros de la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires. Pero nada más que eso. Y ni siquiera me sale tener miedo cuando me dice que le de todo porque me va a llenar la cabeza de tiros. No es porque yo sea valiente, es porque se le nota que no sabe. Si supiera tendría un bufo en la mano, no me hablaría de él. Si supiera no me creería cuando le digo que todo lo que tengo es ese evidente mp3 (oxidado y medio roto), me manotearía la mochila que sujeto bajo el brazo, me revisaría los bolsillos. Si supiera, se daría cuenta de que le miento con esa frase que repito una y otra vez: "No tengo nada, no tengo nada más que eso". Pero el pibe no sabe y está perdido. Los ojos se le van, los nervios son más fuertes. Su compañero (son dos) lo mira expectante y repite cada tanto algo de lo que dice el otro: Sí, vas a ver, te vamoamatar. El pibe me sigue amenazando, pero no se anima a más. Entonces me pide plata para un sandwich. No entiendo. Me está asaltando y me pide para un sandwich. Porque no sabe. Porque es vulnerable, mucho más que yo. Tanto que al final se cansa de discutir y me dice que camine para el otro lado, que no quiere verme más. Ellos se van con un mp3 que no van a poder venderle a nadie. Ojalá les guste The Smiths.