domingo, 14 de septiembre de 2008
No fui a Bolivia...
Una pequeña recomendación: lean "Jefazo", de Martín Sivak. Si lo consiguen, también "El asesinato de Juan José Torres", del mismo autor (Ediciones del Pensamiento Nacional-Colihue, 1998). Imprescindibles para entender un poquito más.
El mundo queda tan cerca
domingo, 31 de agosto de 2008
Lago en el cielo
No encuentro dónde sentarme. La lancha que nos va a cruzar a la otra orilla está llena. Mis compañeras se acomodan en el piso. Pero yo quiero ver hacia afuera. Son las ocho de la noche y sólo distinguimos algo por las luces del embarcadero.
¿Quieres sentarte?
Cerca del motor queda un espacio. El chico me hace lugar. Me pregunta si soy argentina, asiento y él responde satisfecho: lo suponía. Es suizo, pero habla bien español, con una mezcla de acentos que resultan en una tonada caribeña. Mientras el suizo me cuenta de su vida, contemplo la noche estrellada sobre el Titicaca. Estamos navegando el lago más alto del mundo, a 3800 metros sobre el nivel del mar. El micro que nos lleva de Copacabana a La Paz cruza en otra lancha, porque en ese tramo no se puede ir por carretera. Busco la Cruz del Sur y Alfa y Beta Centaurii, que son las estrellas que miro todas las noches desde mi ventana. Las encuentro, y entonces me doy cuenta de cuánto ha cambiado mi perspectiva de allá a acá. Las sensaciones, las ideas y las imágenes de la gente que he visto se mezclan en mi cabeza. Tal vez sea la ansiedad de la víspera: mañana es domingo y se hace por fin el referéndum, el evento que nos ha decidido a a hacer este viaje. Hoy en Copacabana nos encontramos con una nena de nueve o diez años repartiendo volantes por el sí a Evo. Jessica es su nombre y cuando le pido uno me lo entrega y proclama: "¡Si no es Evo no es nadie, por el bono Juancito Pinto!". El bono Juancito Pinto es una ayuda escolar de 200 bolivianos para los chicos que cursan de 1ro a 5to grado, y fue creado con fondos provenientes de la nacionalización de hidrocarburos. Jessica como Iblis, que ahora va a poder tener una pensión, y como tantos otros bolivianos que conocimos en este viaje, está experimentando por primera vez algo que hasta ahora desconocía: la justicia social. Eso que nos resulta tan díficil de hacer entender a los socialdemócratas europeos, a los que todavía sostienen que Perón era un demagogo, a los que hablan con desprecio de los nuevos gobiernos populistas de América Latina. La justicia social lleva al pueblo a un lugar nuevo y nos deja con esa sensación indescriptible de sentir algo que nunca habíamos sentido, y que está tan lejos de la dádiva como de cualquier otra acción que subestime al que la recibe. Toda esta gente sabe lo que defiende y por qué lo defiende, y lo más importante es que sabe que tiene que defenderlo. Por eso pintan paredes, reparten volantes, organizan a los demás para que no se equivoquen al llenar la papeleta del voto y fiscalizan y lo dicen en alta voz: si no es Evo no es nadie. Porque, como decía un afiche que vi en el vidrio trasero de un taxi:
martes, 26 de agosto de 2008
Viaje al centro de la Tierra
Arriba es abajo. A 4300 metros sobre el nivel del mar están las minas del Cerro Rico. Para los turistas que recorremos la mina como parte de las atracciones turísticas de Potosí, eso es estar arriba. Nos ponemos el pantalón de minero, las botas de minero y el casco de minero, con su batería y su lucecita adelante. Pero no somos mineros. Aunque por un par de horas nos agachemos para caminar (los techos son bajos) y respiremos el mismo aire polvoriento, aunque miremos desconfiados las vetas de materia tóxica que asoman en las profundidades, aunque pasemos de los 0 grados centígrados de la puerta a los 40 que nos aplastan a 250 metros de profundidad. Soportamos eso porque sabemos que se va a terminar un rato. Que pronto vamos a emerger de este socavón y nos sacaremos fotos sonriendo felices, respirando aliviadas como si bajáramos del Apolo 13.
El chico de la foto, en cambio, se va a quedar abajo. Se va a quedar con sus quince años empujando un carro con escombros o manejando las herramientas de aire comprimido con las que excavan. Cada tanto le va a dar algo de coca o cigarros o cerveza al tío de la mina, esa representación mezcla de diablo con español, para que lo deje trabajar tranquilo y no se lo lleve en un derrumbe o una silicosis. Y cuando pase un grupo de turistas como nosotras, creídas de que somos Indiana Jones porque nos arrastramos una veintena de metros por algún pasadizo estrecho, les va a sonreír amable y les va a preguntar si tienen coca o refresco para convidarle.
Antes de entrar en la mina se me dio por canturrear una canción que se escuchaba en casa cuando era chica.
Los señores de la mina
se han comprado una romana
para pesar el dinero
que toditas las semanas
le roban al pobre obrero.
En Cerro Rico ya no hay grandes empresas sino emprendimientos que llaman cooperativas. En realidad se trata de sociedades en las que una o dos personas registran la veta e incorporan trabajadores asociados y contratados. Nuestra guía nos cuenta de las dificultades del gobierno para intervenir en las condiciones de trabajo. Nuestra guía se llama Iblis y, lo descubriremos acá adentro, es Evista. Nos dice que este gobierno no es corrupto, que ayuda a la gente pobre, que invierte en educación y en carreteras, que ahora todos pueden tener una pensión. Los de Santa Cruz y las provincias ricas no quieren porque dicen que es gente que no trabajó nunca. "Pero yo trabajé toda mi vida en empresas privadas que cuando me tenían que dar un seguro me echaban. Trabajaba dos, tres años y después me echaban para no aportarme a la pensión. Ellos, los del Oriente, son racistas. No quieren ver una chola, una mujer con la pollera y el sombrero. Indios nos llaman. No quieren al indio".
Arriba es abajo. Mientras nos alejamos de la mina suena en mi cabeza el resto de la canción.
Cuando querrá el Dios del cielo
que la tortilla se vuelva.
Que la tortilla se vuelva
que los pobres coman pan
y los ricos mierda, mierda.