Exigimos la inmediata liberación de Milagro Sala
16 de enero de 2016
La detención de la titular de la agrupación Túpac Amaru, Milagro Sala, constituye un hecho gravísimo de violación al derecho de manifestarse públicamente y es además un claro acto de revanchismo por parte del gobernador de la provincia de Jujuy, Gerardo Morales.
Se trata de una acción represiva que castiga a una militante histórica del movimiento popular, reconocida dentro y fuera de las fronteras de nuestro país.
Es inadmisible que sea encarcelada quien representa a los sectores sociales más postergados de la provincia de Jujuy y ha desarrollado su actividad dentro del marco de las garantías que brinda el sistema democrático.
Este atropello, suma un nuevo episodio a una larga lista de confrontaciones, que a lo largo de los años lo ha tenido a Gerardo Morales en una actitud de encono y agresión contra Milagro Sala que ya forma parte de la historia de esa provincia.
Es inadmisible que de buenas a primeras se quiera utilizar la fuerza para quitar del camino a una mujer que se ha ganado legítimamente el reconocimiento de quienes forman parte de los sectores sociales, que a lo largo de la historia de esa provincia vivieron marginados y en una situación de exclusión social absoluta.
Este acto represivo con el que se pretende poner fin al acampe que la organización Túpac Amaru viene desarrollando pacíficamente frente a la gobernación de Jujuy, constituye una violación al derecho de expresión en la vía pública. Los docentes estuvieron tres años en la Carpa Blanca en una protesta que nunca fue reprimida por la fuerza y existen sobrados antecedentes de situaciones similares en todo el país y en la misma provincia de Jujuy, que nunca fueron reprimidas con el encarcelamiento de sus organizadores. Entendemos, en tal sentido, que la detención de Milagro Sala es un hecho inadmisible y sin precedentes cuyas consecuencias pueden llegar a ser impredecibles.
La CTA de los Trabajadores exige al gobernador de la provincia, señor Gerardo Morales, la inmediata liberación de Milagro Sala y el respeto de las garantías constitucionales, para que la organización Túpac Amaru pueda seguir desarrollando sus actividades sociales en un marco de libertad y respeto hacia los derechos de los más humildes.
Hugo Yasky
Secretario General de la CTA de los Trabajadores
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sábado, 16 de enero de 2016
martes, 1 de abril de 2014
Hoy se cumple el 50º aniversario del primer golpe de los tantos que asolaron Latinoamérica. En el Día de la Mentira, el 1º de abril de 1964, los milicos brasileños dieron un golpe "contra el comunismo y la corrupción". Mataron muchos comunistas y otros opositores, mandaron al exilio a unos cuantos más, fueron tanto o más corruptos que el resto.
Vladimir Herzog era un periodista de origen judío, que fue al siniestro DOI-CODI, el centro de comando de la represión en São Paulo, a ver por qué lo buscaban. Era el director de periodismo del canal de televisión cultural paulista, la TV Cultura...
Apareció "suicidado", como tantos otros, el 25 de octubre de 1975, con la particularidad de que estaba colgado y arrodillado. El rabino Henry Sobel resistió la versión oficial del supuesto suicidio, y le dio el tratamiento y permitió su entierro en el cementerio de la colectividad.
Zuzu Angel era una estilista y personaje del "Tout Rio". Su hijo, fruto de un casamiento con un estadounidense que vivía en el interior de Brasil, debido a su militancia, fue secuestrado, torturado y asesinado. Zuzu rompió con su círculo social al tener que enfrentar las complicidades y los silencios. Sabía que iba a ser asesinada. Le dejó una carta a su amigo, Chico Buarque, quien denunció el crimen de Zuzu, disfrazado de accidente. Luego hizo esta música,
Los milicos brasileños siguen usufructuando de su impunidad. Poco ha hecho el poder público para frenarlos. Pero hay pequeños movimientos en muchos lados, particularmente en los estados más al sur, donde se repiten prácticas de escrache como las que se hicieron aquí en otros tiempos, donde reinaba la impunidad.
Esto pasó en Campo Grande, capital de Mato Grosso do Sul. En Brasil hay muchos lugares públicos que llevan el nombre de los dictadores, como Costa e Silva, Castelo Branco, Médici, entre otros. Hasta la Cámara de Representantes de Mato Groso lleva el nombre de Filinto Müller, asesino de la dictadura
Vladimir Herzog era un periodista de origen judío, que fue al siniestro DOI-CODI, el centro de comando de la represión en São Paulo, a ver por qué lo buscaban. Era el director de periodismo del canal de televisión cultural paulista, la TV Cultura...
Apareció "suicidado", como tantos otros, el 25 de octubre de 1975, con la particularidad de que estaba colgado y arrodillado. El rabino Henry Sobel resistió la versión oficial del supuesto suicidio, y le dio el tratamiento y permitió su entierro en el cementerio de la colectividad.
Zuzu Angel era una estilista y personaje del "Tout Rio". Su hijo, fruto de un casamiento con un estadounidense que vivía en el interior de Brasil, debido a su militancia, fue secuestrado, torturado y asesinado. Zuzu rompió con su círculo social al tener que enfrentar las complicidades y los silencios. Sabía que iba a ser asesinada. Le dejó una carta a su amigo, Chico Buarque, quien denunció el crimen de Zuzu, disfrazado de accidente. Luego hizo esta música,
Los milicos brasileños siguen usufructuando de su impunidad. Poco ha hecho el poder público para frenarlos. Pero hay pequeños movimientos en muchos lados, particularmente en los estados más al sur, donde se repiten prácticas de escrache como las que se hicieron aquí en otros tiempos, donde reinaba la impunidad.
Esto pasó en Campo Grande, capital de Mato Grosso do Sul. En Brasil hay muchos lugares públicos que llevan el nombre de los dictadores, como Costa e Silva, Castelo Branco, Médici, entre otros. Hasta la Cámara de Representantes de Mato Groso lleva el nombre de Filinto Müller, asesino de la dictadura
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sábado, 1 de junio de 2013
Carlos "Quito" Burgos: In Memoriam
Un par de textos del Facebook sobre la recuperación de los restos de Carlos "Quito" Burgos, asesinado en el intento de copamiento al regimiento de La Tablada el 23 de enero de 1989
Por Miriam S.
Una caja con huesos. Es lo que hay, al fin: huesos que ya son cenizas para devolver a la tierra. 24 años más tarde, podemos despedir al tío Quito, que por fin es un muerto, y no un prófugo —como se empecinó en decir el Poder Judicial por mucho tiempo— ni un desaparecido —su condición efectiva por más de veinte años—. Podremos decir “a Quito lo mataron en el copamiento de La Tablada y escondieron su cuerpo”. Ahora que lo recuperamos y lo despedimos, esa oración es posible.
De la vida de Carlos Alberto Burgos, una vida intensa y entregada a la militancia, es posible rescatar múltiples imágenes, anécdotas, recuerdos. El pequeño Quito disfrazado de vaquero en el carnaval de 1948 mira cómplice al Quito que sonríe al salir de la cárcel en 1963. El Quito casi adolescente que escribe su propio alegato de defensa ante la Corte Marcial del Plan CONINTES da lugar al Quito periodista de La Opinión y de El Cronista Comercial. El Quito que sonríe con toda la cara —sonríen los ojos, como puñaladas— y posa con los dedos en V; el que volvió del exilio y conocí yo; el que mira a cámara pensando en quién sabe qué en ese enero del 89, poco antes de que lo maten.
La vida de los muertos es lo que nos queda cuando hemos podido despedirnos de ellos: sin esa ceremonia, todo remite a su muerte, a la desaparición, a esa suerte de onda expansiva que nos tocó y nos alteró para siempre. No había marcos sociales para convivir con semejante evento. Hasta el día de hoy, no los hay: los que hablan de desapariciones en democracia suelen excluir a los desaparecidos de La Tablada, los que anhelan la imagen de un Alfonsín inmaculado los soslayan. Por eso, recuperar los restos de Quito y poder despedirlos se parece más a una reconstrucción que a una reparación: se repara lo que tiene arreglo, y la desaparición no lo tiene. Mi abuelo murió en diciembre de 1997; mi abuela, en abril de 2006. Ninguno de los dos tuvo la posibilidad de una certeza. De lo que hicieron con la muerte de Quito, hoy podemos reconstruir algo similar a una conclusión. Y así, dar un lugar, un espacio, un tiempo a quien no lo tenía. Que era él, el desaparecido, pero que también fuimos nosotros, que ahora podemos saber cosas simples: es él, está acá, y al fin —como dice esa bella canción de Iván Lins— lo pasaremos en limpio, lavaremos las heridas y recogeremos los frutos. Y claro, probaremos el gusto por los que ya no están.
Este texto de Laura L.
Leo en el diario El Día de La Plata un breve aviso fúnebre en la parte de recordatorios:
CARLOS ALBERTO BURGOS (Quito)
Asesinado en La Tablada el 23/01/1989.- Homenaje a tu vida militante. Descansa en paz, querido hermano.
Leo este aviso y pienso que hay hechos que habilitan las palabras, y que las palabras -la posibilidad de decir algunas cosas, en este caso las palabras "asesinado", "La Tablada", "descansa en paz", "querido hermano"- permite cerrar algunas viejas y dolorosas heridas.
El aviso fúnebre me está hablando también a mi. Esas palabras me dicen que ahora se puede volver a hablar de los ochentas, esa década que, al menos en hipótesis, se abre con la guerra de Malvinas y se cierra con la toma del cuartel de La Tablada.
El aviso fúnebre me avisa -nos avisa- el fin de una vergüenza: la espera de 24 años para sepultar un cuerpo. No sé si es posible reparar esa espera porque entre tanto hubo padres que murieron sin haber podido hacer el duelo por el hijo muerto. No sé si se puede reparar el oprobio de que aún hoy siguen habiendo desaparecidos de La Tablada, pero lo que seguro no repara nada es el silencio.
No sé si fue la hermana Buchi o el hermano Felipe, no sé quién puso este aviso fúnebre en el diario El Día, no sé cuál de los dos se animó a hacerlo. No sé, pero lo agradezco y doy mis pésames porque los rituales permiten cerrar y abrir etapas.
Descansa en paz. Descansen en paz.
Por Miriam S.
Una caja con huesos. Es lo que hay, al fin: huesos que ya son cenizas para devolver a la tierra. 24 años más tarde, podemos despedir al tío Quito, que por fin es un muerto, y no un prófugo —como se empecinó en decir el Poder Judicial por mucho tiempo— ni un desaparecido —su condición efectiva por más de veinte años—. Podremos decir “a Quito lo mataron en el copamiento de La Tablada y escondieron su cuerpo”. Ahora que lo recuperamos y lo despedimos, esa oración es posible.
De la vida de Carlos Alberto Burgos, una vida intensa y entregada a la militancia, es posible rescatar múltiples imágenes, anécdotas, recuerdos. El pequeño Quito disfrazado de vaquero en el carnaval de 1948 mira cómplice al Quito que sonríe al salir de la cárcel en 1963. El Quito casi adolescente que escribe su propio alegato de defensa ante la Corte Marcial del Plan CONINTES da lugar al Quito periodista de La Opinión y de El Cronista Comercial. El Quito que sonríe con toda la cara —sonríen los ojos, como puñaladas— y posa con los dedos en V; el que volvió del exilio y conocí yo; el que mira a cámara pensando en quién sabe qué en ese enero del 89, poco antes de que lo maten.
La vida de los muertos es lo que nos queda cuando hemos podido despedirnos de ellos: sin esa ceremonia, todo remite a su muerte, a la desaparición, a esa suerte de onda expansiva que nos tocó y nos alteró para siempre. No había marcos sociales para convivir con semejante evento. Hasta el día de hoy, no los hay: los que hablan de desapariciones en democracia suelen excluir a los desaparecidos de La Tablada, los que anhelan la imagen de un Alfonsín inmaculado los soslayan. Por eso, recuperar los restos de Quito y poder despedirlos se parece más a una reconstrucción que a una reparación: se repara lo que tiene arreglo, y la desaparición no lo tiene. Mi abuelo murió en diciembre de 1997; mi abuela, en abril de 2006. Ninguno de los dos tuvo la posibilidad de una certeza. De lo que hicieron con la muerte de Quito, hoy podemos reconstruir algo similar a una conclusión. Y así, dar un lugar, un espacio, un tiempo a quien no lo tenía. Que era él, el desaparecido, pero que también fuimos nosotros, que ahora podemos saber cosas simples: es él, está acá, y al fin —como dice esa bella canción de Iván Lins— lo pasaremos en limpio, lavaremos las heridas y recogeremos los frutos. Y claro, probaremos el gusto por los que ya no están.
Este texto de Laura L.
Leo en el diario El Día de La Plata un breve aviso fúnebre en la parte de recordatorios:
CARLOS ALBERTO BURGOS (Quito)
Asesinado en La Tablada el 23/01/1989.- Homenaje a tu vida militante. Descansa en paz, querido hermano.
Leo este aviso y pienso que hay hechos que habilitan las palabras, y que las palabras -la posibilidad de decir algunas cosas, en este caso las palabras "asesinado", "La Tablada", "descansa en paz", "querido hermano"- permite cerrar algunas viejas y dolorosas heridas.
El aviso fúnebre me está hablando también a mi. Esas palabras me dicen que ahora se puede volver a hablar de los ochentas, esa década que, al menos en hipótesis, se abre con la guerra de Malvinas y se cierra con la toma del cuartel de La Tablada.
El aviso fúnebre me avisa -nos avisa- el fin de una vergüenza: la espera de 24 años para sepultar un cuerpo. No sé si es posible reparar esa espera porque entre tanto hubo padres que murieron sin haber podido hacer el duelo por el hijo muerto. No sé si se puede reparar el oprobio de que aún hoy siguen habiendo desaparecidos de La Tablada, pero lo que seguro no repara nada es el silencio.
No sé si fue la hermana Buchi o el hermano Felipe, no sé quién puso este aviso fúnebre en el diario El Día, no sé cuál de los dos se animó a hacerlo. No sé, pero lo agradezco y doy mis pésames porque los rituales permiten cerrar y abrir etapas.
Descansa en paz. Descansen en paz.
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