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sábado, 1 de junio de 2013

Carlos "Quito" Burgos: In Memoriam

Un par de textos del Facebook sobre la recuperación de los restos de Carlos "Quito" Burgos, asesinado en el intento de copamiento al regimiento de La Tablada el 23 de enero de 1989

Por Miriam S.
Una caja con huesos. Es lo que hay, al fin: huesos que ya son cenizas para devolver a la tierra. 24 años más tarde, podemos despedir al tío Quito, que por fin es un muerto, y no un prófugo —como se empecinó en decir el Poder Judicial por mucho tiempo— ni un desaparecido —su condición efectiva por más de veinte años—. Podremos decir “a Quito lo mataron en el copamiento de La Tablada y escondieron su cuerpo”. Ahora que lo recuperamos y lo despedimos, esa oración es posible.
De la vida de Carlos Alberto Burgos, una vida intensa y entregada a la militancia, es posible rescatar múltiples imágenes, anécdotas, recuerdos. El pequeño Quito disfrazado de vaquero en el carnaval de 1948 mira cómplice al Quito que sonríe al salir de la cárcel en 1963. El Quito casi adolescente que escribe su propio alegato de defensa ante la Corte Marcial del Plan CONINTES da lugar al Quito periodista de La Opinión y de El Cronista Comercial. El Quito que sonríe con toda la cara —sonríen los ojos, como puñaladas— y posa con los dedos en V; el que volvió del exilio y conocí yo; el que mira a cámara pensando en quién sabe qué en ese enero del 89, poco antes de que lo maten.
La vida de los muertos es lo que nos queda cuando hemos podido despedirnos de ellos: sin esa ceremonia, todo remite a su muerte, a la desaparición, a esa suerte de onda expansiva que nos tocó y nos alteró para siempre. No había marcos sociales para convivir con semejante evento. Hasta el día de hoy, no los hay: los que hablan de desapariciones en democracia suelen excluir a los desaparecidos de La Tablada, los que anhelan la imagen de un Alfonsín inmaculado los soslayan. Por eso, recuperar los restos de Quito y poder despedirlos se parece más a una reconstrucción que a una reparación: se repara lo que tiene arreglo, y la desaparición no lo tiene. Mi abuelo murió en diciembre de 1997; mi abuela, en abril de 2006. Ninguno de los dos tuvo la posibilidad de una certeza. De lo que hicieron con la muerte de Quito, hoy podemos reconstruir algo similar a una conclusión. Y así, dar un lugar, un espacio, un tiempo a quien no lo tenía. Que era él, el desaparecido, pero que también fuimos nosotros, que ahora podemos saber cosas simples: es él, está acá, y al fin —como dice esa bella canción de Iván Lins— lo pasaremos en limpio, lavaremos las heridas y recogeremos los frutos. Y claro, probaremos el gusto por los que ya no están.




Este texto de Laura L.

Leo en el diario El Día de La Plata un breve aviso fúnebre en la parte de recordatorios:

CARLOS ALBERTO BURGOS (Quito)
Asesinado en La Tablada el 23/01/1989.- Homenaje a tu vida militante. Descansa en paz, querido hermano.

Leo este aviso y pienso que hay hechos que habilitan las palabras, y que las palabras -la posibilidad de decir algunas cosas, en este caso las palabras "asesinado", "La Tablada", "descansa en paz", "querido hermano"- permite cerrar algunas viejas y dolorosas heridas.
El aviso fúnebre me está hablando también a mi. Esas palabras me dicen que ahora se puede volver a hablar de los ochentas, esa década que, al menos en hipótesis, se abre con la guerra de Malvinas y se cierra con la toma del cuartel de La Tablada.
El aviso fúnebre me avisa -nos avisa- el fin de una vergüenza: la espera de 24 años para sepultar un cuerpo. No sé si es posible reparar esa espera porque entre tanto hubo padres que murieron sin haber podido hacer el duelo por el hijo muerto. No sé si se puede reparar el oprobio de que aún hoy siguen habiendo desaparecidos de La Tablada, pero lo que seguro no repara nada es el silencio.
No sé si fue la hermana Buchi o el hermano Felipe, no sé quién puso este aviso fúnebre en el diario El Día, no sé cuál de los dos se animó a hacerlo. No sé, pero lo agradezco y doy mis pésames porque los rituales permiten cerrar y abrir etapas.
Descansa en paz. Descansen en paz.

sábado, 9 de junio de 2012

viernes, 6 de marzo de 2009

Ia inseguridad que mata: Mano dura en Brasil


Nuestro país vecino tiene un triste record, que es el de número de asesinatos por año. Es algo así como 50 mil víctimas de la facilidad con que se puede tener un arma. Hace pocos años, en un plebiscito ganó la postura contra una ley que establecía medidas muy tibias para que no resulte tan fácil portar armas. Ganó el discurso mano dura, particularmente en los estados pretendidamente más "civilizados" (el Sur, el Sudeste). Las consignas, las de siempre: "al único que se desarma es al ciudadano decente", "no les resultará tan fácil a los ladrones", y cosas por el estilo. En esos días, estaba cenando en un restorantito, y un tipo, bien estilo chacarero y con un pedo considerable, trataba de conversar conmigo, justificando tener armas diciendo -"Y Ud qué haría para defender a su familia? Tiene que tener armas!!!"- Con la tranca que tenía, uno se imaginaba al tipo metiéndoles balas a todos, menos al chorro. La cosa es que de esos 50 mil, hay algo así como la mitad que mueren por causas banales: peleas entre vecinos, discusiones de tránsito, reyertas familiares. Tener un arma en casa aumenta las probabilidades de ligar un tiro.
Pensemos de nuevo: cada año mueren 50 mil brasileños, más que todos los norteamericanos en toda la guerra de Vietnam. Por año, cualquier ciudad brasileña más o menos grande tiene la MISMA cantidad de asesinatos que toda la Argentina. El número de asesinatos per cápita es sólo un poco menor que el de Colombia y pocos países más, todos con guerras civiles.
En este marco, las policías "meten bala". La policía del estado de São Paulo mata algo así como mil personas por año. La del estado de Rio de Janeiro pasó de mil para mil 300 víctimas.
En 1999 se estrenó "Notícias de uma guerra particular", un documental excelente sobre la violencia asociada al narcotráfico en Rio. Se puede ver en Youtube. En ese documental aparece un oficial de la policía militar, quien luego de la película renuncia. Escribe un libro sobre el cual se basa el guión de una peli, "Tropa de Elite", donde el protagonista es el capitán Nascimento. No sé cuál fue la idea original, pero el resultado es una película que orilla (del otro lado), la apología del delito, particularmente, las torturas y ejecuciones clandestinas. A pesar del revoltijo de tripas que pueda causar, hay que verla. La misma fue estrenada hace no mucho tiempo en Argentina. En Brasil pasó algo muy particular: el DVD pirata estaba en las calles un mes antes del estreno en cines, y a pesar de eso, fue un éxito de público. Y todavía más: empezaron a circular "chistes" donde se glorificaba la mano dura del tal capitán. Asustador.
Les dejo dos imágenes: Arriba, la del símbolo de la Policía Militar de Rio, y el famoso "Caveirão" (Calaverón, por la calavera del símbolo). Este vehículo blindado es el que usan los PM para entrar a las favelas, tirando con sus fusiles de asalto desde sus troneras.

Como un pequeño comentario: si alguien cree que con mano dura se resuelve el problema, aquí podemos ver el resultado.