Néstor Kirchner es una película para ver. Seguramente suscitará, como nos ocurrió, críticas desde diversos ángulos. Particularmente para los que somos del palo que seguramente tenemos para decir que esta escena faltó, o sobró un poco de tal otra. Cada militante tiene una película propia sobre NK.
Pero de lo que no cabe ninguna duda es que se trata de un buen documental hecho también desde el corazón. Paula de Luque no acude a golpes bajos o sentimentaloides, más allá de lo que en sí implican algunas de las imágenes. Suponer que alguien que haya sentido que estos años fueron para mejor no va a derramar alguna lágrima o contener otras, es porque no tiene cabeza para entender el sentimiento del Pueblo.
No esperen críticas, no esperen un racconto desapasionado. Para eso estará la TV del 2050. Hoy hay que ver NK y volver a sentir palpablemente que en estos diez años la Historia corrió con nosotros, aguantando los trapos, apretando los dientes en las derrotas y festejando las victorias. Claro que parciales, claro que imperfectas. Pero que nos enorgullecen, porque si el Pueblo está mejor y tiene un futuro, es porque hubo un NK con nosotros.
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martes, 27 de noviembre de 2012
miércoles, 19 de agosto de 2009
Los chicos desaparecen
"Los chicos desaparecen" es una novela de Gabriel Báñez. Ahora es también una película de Marcos Rodríguez. Producida en La Plata, con la participación de la Facultad de Bellas Artes, cuenta con los protagónicos de Norman Brisky, Lorenzo Quinteros y Umbra Colombo. En septiembre se estrena en el Tita Merello y en espacios INCAA. Vayan y vean.
jueves, 13 de noviembre de 2008
The way you look tonight
En una inspirada escena de "Kamchatka" (la mejor película de Marcelo Piñeyro), se escucha esta canción de Kern y Fields. Es el invierno de 1976 y la pareja de militantes que interpretan Ricardo Darín y Cecilia Roth ha dejado por un par de días la quinta en la que viven clandestinos para visitar a los padres de él. Se hace de noche en esa casa en el campo y la mujer camina hacia él, que la mira iluminado. Bailan, se abrazan, se nota que se aman. Para mí esa fue durante varios años una simple, bella, escena de amor.
Unos días atrás me compré (sí, me lo compré, no lo bajé del emule) el último CD de Ligia Piro, "Trece canciones de amor". Y como el arte es el mundo por segunda vez, descubrí "The way you look tonight". En la hermosa voz de Ligia, acompañada por Ricardo Lew en la guitarra, encontré otro significado para la escena. Él sabe que algún día va a estar terriblemente bajoneado y el mundo será frío, pero la imagen de su mujer en esa noche lo va a iluminar. Y entonces me acordé de aquel testimonio de Luis Salinas en "Cazadores de utopías", cuando se refería a la resistencia ante la tortura como una confrontación política y al mismo tiempo, un acto de amor hacia los compañeros. Tratar de evitar a toda costa que ellos pasen por el dolor que uno está pasando.
Al final de Kamchatka, la pareja desaparece.
Y acá está Ligia:
Unos días atrás me compré (sí, me lo compré, no lo bajé del emule) el último CD de Ligia Piro, "Trece canciones de amor". Y como el arte es el mundo por segunda vez, descubrí "The way you look tonight". En la hermosa voz de Ligia, acompañada por Ricardo Lew en la guitarra, encontré otro significado para la escena. Él sabe que algún día va a estar terriblemente bajoneado y el mundo será frío, pero la imagen de su mujer en esa noche lo va a iluminar. Y entonces me acordé de aquel testimonio de Luis Salinas en "Cazadores de utopías", cuando se refería a la resistencia ante la tortura como una confrontación política y al mismo tiempo, un acto de amor hacia los compañeros. Tratar de evitar a toda costa que ellos pasen por el dolor que uno está pasando.
Al final de Kamchatka, la pareja desaparece.
Y acá está Ligia:
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lunes, 28 de julio de 2008
El diario de Bolivia

Suelo llorar en el cine. Adentro de la sala oscura, y por extensión frente a la pantalla del televisor, derramo lágrimas desenfrenadamente. Aclaro que mi llanto nunca es discreto. Nunca supe llorar sin despeinarme. Lo mío es un acto que compromete todo mi cuerpo. Lloro con espasmos, con la cara contraída, con aluviones de mocos. Indefectiblemente termino con la cara enrojecida y los ojos hinchados como si me hubiera picado un mosquito en cada párpado. Mis llantos son heterodoxos. El primero fue el día en que mi mamá me llevó a ver ET. Con el correr de los años, las temáticas y géneros que desataban el torrente de lágrimas se diversificaron hasta niveles insólitos.
El más extraño de mis sucesos lacrimógenos empezó una noche en la sala a la que había ido a ver "Diarios de Motocicleta". Digo que empezó porque se repite cada vez que vuelvo a ver la película. Esta es una primera circunstancia que llama la atención cuando la cuento: nadie llora con "Diarios de Motocicleta". Se puede llorar con las fotos de el Che yaciendo como un Cristo en la escuela de La Higuera, podemos conmovernos con la filmación de Fidel Castro leyendo la carta de despedida ("otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos") o con las estrofas del "Hasta siempre", pero no con Gael García Bernal andando en moto.
Sin embargo, no es esta imagen de Ernesto antes de ser el Che lo que origina tamaño transtorno lacrimógeno. Hay, sobre el final de la película, una serie de planos de personas que ha conocido Ernesto en su camino: peones rurales argentinos, mineros comunistas chilenos, campesinos collas peruanos. Todos anónimos, todos pobres, todas imágenes que pertenecen a un film de ficción que transcurre en 1952. Pero al verlos, sabemos que esas imágenes podrían ser del presente. Esos rostros sintetizan una América Latina que estuvo muchos años en las sombras. A esos rostros, en Bolivia, volvió Guevara a fines del 66. Esos rostros son los que hoy se reivindican como sujeto político en América Latina y que intentan avanzar hacia un nuevo estado de las cosas. Esos rostros que hoy dan su pelea en Bolivia de la mano de Evo Morales serán el objeto de nuestros próximos posts, porque . y yo nos vamos para esos lares hasta el referéndum del 10 de agosto.
La foto de este post está tomada de www.albertomontero.com
lunes, 21 de julio de 2008
La Lucía

A los doce años, el arte empieza a funcionar como referencia de uno mismo. Antes que la obra en sí, le prestamos atención a un párrafo de una novela, a un diálogo de una película o a una canción en la medida en que creemos nos dice algo sobre nosotros. Tal vez esta sea la diferencia fundamental entre la forma de acercarse al arte de un chico y la de un adulto: los arquetipos pierden estabilidad. Están ahí, en las obras, pero ya no estamos seguros de cuál es el bueno y cuál es el malo.
A los doce años, estaba sentada en el comedor en el que mis padres miraban "El Romance del Aniceto y la Francisca" (por la época, calculo que debía ser un sábado en "Función Privada"), cuando vi cómo el Aniceto miraba por primera vez a la Lucía. Y en esa mirada vi por primera vez a María Vaner. María Vaner era la Lucía, la morocha con la que el Aniceto engaña a la Francisca y por la que empieza a hacer estupideces que la Lucía no le pidió, como comprarle un anillo con las ganancias que le da el gallo de riña. Cuando la Francisca lo deja y el Aniceto va a buscar a la Lucía, ella lo rechaza. A diferencia de la Francisca, que tiene esa expresión de los que sufren en silencio, la Lucía es soberbia. La Lucía está cuando quiere con el que quiere y no le debe explicaciones a ningún hombre. Es posible que la Lucía sufra en silencio, pero ninguno de nosotros va a estar ahí para verla llorar. En pocas frases, con pocos gestos, María Vaner me regaló aquella noche una revelación: los grandes relatos se construyen con mujeres como esa.
En memoria de María Vaner, que murió esta tarde.
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