En estos días hemos leído textos brillantes recordando al ex-presidente Raúl Alfonsín, tales como los de Mario Wainfeld y Sandra Russo en Página, de Horacio Bouchoux en Facebook, y de Artemio López y Gerardo Fernández en sus respectivos blogs. Nos retrotrajo a aquellas épocas y nos sirvió para repensar algunas cuestiones que hacen a entender al Poder y cómo se realiza el liderazgo político en nuestro país. Es siempre difícil hacer evaluaciones sin caer en anacronismos. Alfonsín fue capaz de leer la realidad del '83 y, rompiendo con la tradición de la UCR de representar a las capas medias, fue capaz de llegar a todo el pueblo y animarse a romper algunas de las trampas a las que parecíamos condenados. El peronismo de aquella época era un rejunte de lo que sobró del isabelismo y la última dictadura. Pensemos que en esas épocas, Duhalde era considerado un intendente progre; y que la dirigencia mayor del peronismo era una colección de Morlocks: Herminio, Amerisse, Luder, el viejo Saadi. La elección de 1983 fue un sacudón importantísimo para la política argentina. Fue, paradójicamente, lo que dio lugar a la Renovación Peronista, y a la aparición de nuevas figuras nacionales. Por ejemplo Méndez, quien fue de los pocos jefes peronistas a apoyar al gobierno en el plebiscito sobre el Beagle. Un ignoto FRUP nacía en La Plata, donde un jovencito de apellido Alak comenzaba a tallar como un dirigente progre.
Alfonsín dio los primeros pasos para dinamitar algunos de los factores de poder de este país; particularmente la alianza de derecha militar y católica. Mandó en cana a las Juntas, pasó a retiro a montones de generales, disminuyó violentamente el presupuesto militar (que continuaría Menem); y le abrió espacios a la actuación de la Justicia. Eliminó las hipótesis de conflicto con Brasil y Chile, animándose a ir en contra del sentimiento militarista patriotero que todavía suele inundarnos, creando el Mercosur y yendo a consulta popular por el Beagle. Fueron procesos que también desinflaron a las derechas milicas de Brasil, Chile y Uruguay.
Tuvo coraje y convicciones importantes, tuvo agachadas fenomenales: nos convocó a las calles para defender a la democracia en 1985 y nos encajó la "economía de guerra". Fuimos a bancar, de nuevo, a la democracia frágil en las Pascuas de 1987 y enero y diciembre de 1988, se despachó con Puntos finales y Obediencias debidas y teorías de los dos demonios. Grinspun fue su primer ministro de economía, uno de los últimos a intentar negociar con el Fondo sin bajarse los lienzos. Miró para otro lado con la represión salvaje al MTP en La Tablada.
Podemos ver en Alfonsín al líder popular, que intentó moverse y ampliar el espacio de la política en un país arrasado por la dictadura, donde los monstruos eran grandes y pisaban fuerte. Mucho de ese primer Alfonsín (hasta 1985) nos hace recordar al gobierno de Néstor: confrontación, maniobra, concesiones, discurso duro contra los factores de poder, medidas un poco más blandas. Pura política y pasión.
En fin, qué pena ver a esos enanos políticos disputándose el cajón para ganar unos votitos o de los canallas mediáticos dándole el título de "Padre de la Democracia" a este digno hijo de este país y de esta Democracia.