martes, 17 de febrero de 2009

En la Biblia no hay camellos


Al menos ninguno como el P4, el P8 o el P9, que usan los habitantes de La Habana para trasladarse por la ciudad. Dicen los viajeros experimentados que las dos mejores maneras de conocer un lugar son caminando y usando el transporte público. Claro que cuando se trata del camello, lo que se puede conocer más que la ciudad (que uno sólo podra apreciar si tuvo la fortuna de quedar parado cerca de una ventanilla o la más increíble de las suertes, un asiento) es la idiosincrasia de los habaneros.
Antes de tomar el camello, usted se acercará a la parada y preguntará por la última persona. Así, "P4 última persona" y más gritado que dicho. Si no grita es como si no hubiera hablado. Alguien va a hacer un gesto con la mano y así usted sabrá que debe subir al camello después de él. El viaje a cualquier parte cuesta 0,40 centavos de peso nacional y el ticket no existe. Tampoco se le indica destino al chofer. Simplemente se sube. O no tan simplemente. ¿Se acuerda de la "última persona"? Bueno, cuando el camello para dos metros más atrás o más adelante de donde se lo espera a los aspirantes a pasajero les importa un carajo el orden de llegada y se suben en aluvión. Hay que empujar, codearse y aprovechar si uno es más alto. Gracias mamá por hacerme alta. La otra posibilidad es quedarse abajo y esperar al próximo. Que no va a tardar mucho, pero va a pasar igualmente lleno.
Una vez dentro del camello, y luego de haber comprobado que nadie controla si usted puso los 0,40 en el recipiente plástico que está delante de la puerta (y que muchos de los que suben no los ponen), el problema es avanzar hasta un lugar lo menos incómodo posible. Descarte cómodo. Si quiere comodidad no suba. Un camello es un colectivo transgénico, cuenta con dos segmentos unidos por un fuelle que posibilita doblar en las esquinas. Este último también es un espacio posible donde ubicarse si no hay más remedio, porque el piso del fuelle se mueve. Usted se adentrará en el camello sujetando la mochila que puso sobre su pecho (porque aquí se punguea) y en algún momento, luchando a los codazos contra las leyes de la física, logrará pararse con cierta estabilidad en algún lado y sujetarse de alguna manija. Esto va acompañado por los gritos del chofer como "¡ Muévanse que atrás está vacío!" (atrás y afuera querrá decir) y las peleas entre los pasajeros que quieren que el de al lado se mueva. Puede suceder que suba un viejo o una señora con chicos y le den el asiento. En una ocasión subió una mujer, logró sentar al pequeño y este se largó a llorar como un chancho. "¡¡¡LA VENTANIIIIIILLAAAA!!!¡¡¡QUIERO LA VENTANILLA!¡¡¡¡QUIERO VER POR LA VENTANILLA!!!!". Pasaron veinte minutos en los que de manera ininterrumpida escuchamos los alaridos de Samuelito mientras su madre se peleaba con la mujer que estaba sentada en la ventanilla y que alegaba ser lisiada por lo que le correspondía guardar el lugar. El llanto de Samuelito fue cortado por un chico que miró exasperado hacia arriba y dijo:
- ¡Pelo pol favol, consíganle una ventanilla!
Y todo el camello fue una carcajada.
Pero llegó el momento de bajarse. Si usted es fanático de los mapas como quien suscribe y se aprendió la organización de las calles sólo le queda tratar de mirar a través de la ventanilla (gracias mamá por hacerme alta 2) y seguir el recorrido. Y ... dónde están los nombres de las calles? No hay carteles de metal. No hay señales en las paredes. Dónde carajo estoy. Para colmo ya es de noche y con la historia de ahorrar energía la iluminación es escasa. Miro, escruto, observo y ajá! Abajo. El nombre de la calle está abajo. En casi todas las esquinas hay una pirámide de cemento al ras del suelo con el nombre de la calle grabado. Una vez que usted se ubicó, buscará alguna de las tres puertas del camello y esperará a su parada. No hay botones para pedirla. Las paradas son fijas y el camello para siempre. Bajar es algo menos difícil que subir, pero eso no quiere decir que sea fácil. En parte porque por las puertas de atrás sube siempre gente que no tiene intenciones de pagar el viaje, y nadie va a esperar a que usted baje. Así que otra vez, avance, codee, hombree, mire feo y empuje. Y por tercera vez, gracias mamá por hacerme alta.

3 comentarios:

Ojaral dijo...

Jajaja. Buenísimo el post! Más allá de lo político, está tan bien escrito y es tan divertido que merecería una continuación. Ojalá lleguen más crónicas de La Habana como esta!
Saludos!

Vincent Vega dijo...

Buenísimo, me hizo acordar a un relato de Carlos Monsívais, del subte en el DF

Antares dijo...

Ojaral y Vincent, gracias! No conozco el relato de Monsivais, voy a buscarlo. Saludos.